La falta de un botón lleva a la escritora a abrir un costurero que heredó de su abuela, una caja que ha llevado consigo de casa en casa. Su olor le devuelve los recuerdos del rincón de costura de su abuela en Madrid y Mallorca, donde aprendió a zurcir calcetines, hacer dobladillos y remendar rasgaduras, además de encontrar un botón de repuesto entre el contenido del costurero.
Mientras enhebra la aguja y vuelve a coser el botón, recuerda otras cosas que le enseñaron sus abuelas, desde bordar y tejer hasta cocinar. El costurero también contiene una variedad de herramientas y materiales, entre ellos distintos tipos de hilo, agujas curvas, alfileres y botones. Al ordenarlos, rememora las habilidades y el tiempo que dedicaron a aprender juntas.
La escritora sostiene que los tutoriales pueden explicar cómo realizar una tarea, pero no recrear la experiencia de aprender de alguien en persona: sus correcciones, compañía y paciencia. Presenta los conocimientos prácticos no solo como una manera de arreglar algo, sino también como un vínculo con las personas que transmitieron esas habilidades.
Contrasta ese proceso práctico con recurrir a la IA para obtener un resultado inmediato, y lo compara con comprar una camisa nueva porque se ha caído un botón. A su juicio, repararla puede requerir conocimientos, memoria, paciencia y atención, y hacer que la tarea sea significativa, además de útil.
Fuentes: La Vanguardia.