El concepto de "fiebre interna" surge frecuentemente cuando las personas se sienten calientes, experimentan escalofríos o perciben un malestar general, sin embargo, su termómetro muestra una temperatura normal. Según la doctora Mariana Sobral de los Centros de Salud CUF, este término es a menudo despreciado por los médicos porque describe una sensación subjetiva en lugar de un hecho médico objetivo y medible. Sin embargo, la sensación en sí misma indica que algo está ocurriendo dentro del cuerpo, como el inicio de una infección, deshidratación, ansiedad, cambios hormonales u otras formas de malestar general.
Cuando una persona reporta sentir fiebre internamente sin un aumento correspondiente de temperatura, los expertos recomiendan descansar durante unos minutos en un ambiente fresco antes de repetir la medición. La evaluación precisa de la temperatura depende del método utilizado y de la persona individual. La medición axilar se considera la más cómoda pero puede ser menos precisa, mientras que las lecturas orales son precisas solo si la persona no ha comido o bebido recientemente. Los termómetros para el oído y la frente ofrecen rapidez pero requieren una adhesión estricta a las instrucciones del fabricante. La medición rectal sigue siendo una opción exclusivamente para bebés. Monitorear la evolución de la temperatura con el tiempo es crucial para detectar tendencias ascendentes incluso si las lecturas iniciales no cumplen los criterios de fiebre.
Las verificaciones físicas, como colocar una mano en la frente o besar a alguien en los labios, son actos de cuidado que ni confirman ni descartan una fiebre, pero permanecen importantes en un contexto de enfermedad. Los umbrales diagnósticos difieren entre adultos y niños. Para los adultos, una temperatura de 38 grados Celsius o superior se clasifica como fiebre, aunque una lectura de 37,5 grados acompañada de fatiga severa, postración o deshidratación también puede merecer preocupación. En los niños, la evaluación del comportamiento y los patrones respiratorios son vitales; las temperaturas desde 37,5 grados pueden considerarse febriles. Específicamente, cualquier niño menor de tres meses con una temperatura de 38 grados requiere observación inmediata.
Más allá del valor numérico, la combinación de temperatura, edad y condición general determina la urgencia. Los servicios de emergencia médica deben contactarse inmediatamente si hay dificultad para respirar, confusión intensa o convulsiones, lo cual puede ocurrir a temperaturas que alcanzan los 40 grados. Si bien la fiebre es un mecanismo de defensa natural que señala que el cuerpo está luchando contra un problema, las altas temperaturas persistentes que no responden a los antipiréticos o que van acompañadas de otros síntomas significativos requieren una evaluación médica profesional.
Fuentes: Observador.