En todo Brasil, algunas ciudades están sustituyendo las calles adoquinadas por asfalto en nombre de la modernización. El cambio ha generado un debate sobre cómo equilibrar la movilidad con la preservación de la historia urbana y los beneficios ambientales. En Bauru, en el estado de São Paulo, se pueden ver adoquines antiguos junto a parches de asfalto, incluidas reparaciones realizadas tras obras subterráneas que pueden ocultar el pavimento histórico y afectar su capacidad de drenaje.
Los adoquines permiten que parte del agua de lluvia se filtre por los espacios entre las piedras, a diferencia del asfalto convencional, descrito en la fuente como casi impermeable. Se estima que entre el 10 % y el 30 % de las precipitaciones se infiltran, según factores como la compactación del suelo, el mantenimiento de las juntas y la base subyacente. La superficie irregular y permeable también puede ralentizar la escorrentía y reducir la presión sobre los sistemas de drenaje locales.
El debate va más allá de Bauru. Según el artículo, São Paulo tiene unas 5.000 calles adoquinadas. El concejo municipal rechazó una propuesta de ley municipal para impedir que esas calles se asfaltaran. Quienes apoyaban el cambio argumentaron que el asfalto ofrecería mayor seguridad vial, una superficie más uniforme y mejor movilidad.
En Bauru, el Consejo para la Defensa del Patrimonio Cultural, conocido como CODEPAC, inició este año un estudio para evaluar si el pavimento de la Rua Júlio Prestes debería protegerse como patrimonio. La propuesta pone de relieve las consideraciones contrapuestas que intervienen en las decisiones sobre las calles históricas: su papel en la memoria colectiva de la ciudad, sus características de drenaje y las necesidades de quienes utilizan las vías.
Fuentes: CNN Brasil.