Desde Lisboa y Oporto hasta Berlín, París y Barcelona, Europa está presenciando un aumento de protestas donde las manifestaciones pacíficas coexisten con una violencia grave. Si bien quejas específicas como la vivienda inaccesible y las escuelas en ruinas son reales y urgentes, el artículo afirma que ninguna reclamación legítima justifica destruir propiedades, incitar a la agresión o intentar reemplazar las instituciones democráticas con la soberanía de quienes ocupan las plazas públicas. El problema central no son meramente las protestas en sí, sino la realidad subyacente de que el modelo actual de vida de Europa exige condiciones que ha dejado de garantizar.
Durante décadas, las sociedades europeas operaron bajo la cómoda suposición de que la prosperidad era eterna y la producción secundaria. Esta mentalidad dependía de Rusia para la energía, de China para la manufactura y de Estados Unidos para la seguridad, mientras Europa se centraba en refinar reglas y estándares morales. Sin embargo, este marco colapsó tras la invasión de Ucrania y el cambio de prioridades geopolíticas en Washington. El continente ahora enfrenta una desconexión marcada entre sus capacidades y sus decisiones colectivas, caracterizada por la desindustrialización, energía costosa, dificultades de inversión e inercia burocrática.
La estrategia económica de tratar las ciudades como museos al aire libre para atraer turismo y capital ha fallado en aumentar la capacidad productiva. Este enfoque elevó los precios de la vivienda sin un crecimiento salarial correspondiente, convirtiendo el bienes raíces en el activo principal para muchos mientras creaba una generación de herederos que heredan riqueza sin contribuir a la producción. En lugar de abordar la productividad y la recuperación del capital, el debate político ha sido cedido a quienes abogan por topes administrativos de precios, la expulsión de inversores y la persecución de propietarios.
Los desafíos demográficos exacerban aún más el conflicto. Una población envejecida con bajas tasas de natalidad llevó a una inmigración masiva como solución utilitaria para llenar las brechas laborales, a menudo sin una planificación adecuada para vivienda, escuelas, atención médica o integración cultural. Este enfoque trató a los inmigrantes meramente como unidades de reemplazo en lugar de abordar la necesidad de reglas y valores compartidos. El resultado es una sociedad que exige altos estándares de vida y autonomía estratégica mientras rechaza los costos de defensa, infraestructura y construcción necesarios para sostenerlos.
El artículo concluye que esta cultura de individualismo ha erosionado el sentido de reciprocidad dentro de las comunidades, dejando a generaciones anteriores protegiendo sistemas existentes mientras posponen reformas necesarias para sus hijos. El liderazgo político actual no ofrece un futuro viable, con la izquierda prometiendo caos o mañanas falsas y la derecha ofreciendo un retorno a un pasado que no puede ser restaurado. El único camino hacia adelante implica decisiones difíciles: producir, construir, invertir, tener hijos, integrar poblaciones y fortalecer instituciones. Como señala el autor, cualquier promesa política honesta hoy solo puede ofrecer sangre, sudor y lágrimas, junto con la necesidad de sacrificio.
Fuentes: Observador.